¿Y si fuera tu casa?


por Daniel Grinspon

Opinión


Hay algo que me viene dando vueltas en la cabeza hace tiempo.

Cada vez que escucho ciertos cantitos en una marcha, cada vez que veo determinados carteles, cada vez que leo algunas consignas repetidas miles de veces en redes sociales.

Y la pregunta es bastante simple.

¿Y si fuera tu casa?

No la de Israel.

La tuya.

La que construiste ladrillo por ladrillo.

La que tiene fotos familiares colgadas en las paredes.

La que representa toda una vida de trabajo.

Imaginate que una multitud se junta enfrente y empieza a cantar que tu casa no debería existir.

No que está mal administrada.

No que necesita reformas.

No que debería cambiar de dueño.

Que debería desaparecer.

¿Cuánto tiempo tardarías en darte cuenta de que el problema no es inmobiliario?

Porque parece que cuando el destinatario es el Estado judío aparecen explicaciones que no existen para nadie más.

Si mañana miles de personas salieran a pedir la desaparición de Francia, no habría mucho debate.

Si lo hicieran con Japón, tampoco.

Si fuera Argentina, menos todavía.

Todos entenderíamos el mensaje en cinco segundos.

Sin especialistas.

Sin traductores.

Sin profesores explicándonos lo que en realidad quisieron decir.

Pero cuando se trata de Israel, de repente hay que interpretar.

Hay que contextualizar.

Hay que buscar significados ocultos.

Y mientras tanto, los que escuchan esas consignas recuerdan cosas que otros prefieren olvidar.

Porque para muchos judíos algunas palabras tienen memoria.

No porque el mundo sea igual al de hace cien años.

No lo es.

Pero hay sonidos que resultan familiares.

Demasiado familiares.

Mi abuelo habría reconocido algunos.

No las mismas frases.

No los mismos escenarios.

El mismo perfume.

Ese olor viejo que aparece cuando alguien decide que el problema, otra vez, son los judíos.

Antes era porque eran demasiado pobres.

Después porque eran demasiado ricos.

Antes porque eran demasiado religiosos.

Después porque no lo eran lo suficiente.

Antes porque vivían dispersos entre las naciones.

Ahora, para algunos, porque tienen un país.

Las excusas cambian.

El mecanismo no tanto.

Y lo más curioso es que quienes suelen hablar de tolerancia son muchas veces los menos tolerantes con la idea de que exista un Estado judío.

No uno perfecto.

No uno inmune a las críticas.

Simplemente uno que exista.

Porque ahí está el punto que muchos esquivan.

No estamos discutiendo un impuesto.

Ni una elección.

Ni una ley.

Estamos discutiendo si un pueblo tiene derecho a decidir su propio destino en su propia tierra.

Y cuando esa discusión vuelve a aparecer, algunos sienten que la historia les está guiñando un ojo desde un lugar bastante oscuro.

Después llegan los ataques.

Los misiles.

Las amenazas.

Y aparece la pregunta de siempre:

«¿Por qué responden?»

La verdad es que nunca entendí esa lógica.

Primero le discuten el derecho a existir.

Después le discuten el derecho a defenderse.

Y finalmente se sorprenden cuando no acepta ninguna de las dos cosas.

Por eso vuelvo al principio.

No a la política.

No a la diplomacia.

No a Naciones Unidas.

Vuelvo a algo mucho más simple.

A tu casa.

A tu familia.

A la gente que amás.

Porque cuando uno saca los discursos, las banderas y las consignas, la cuestión termina siendo bastante sencilla.

Si alguien viniera por tu casa, la defenderías.

Si alguien viniera por tu familia, la defenderías.

Y si alguien te dijera todos los días que no tenés derecho a existir, tarde o temprano dejarías de pedir permiso.

Por eso la pregunta sigue siendo la misma.

¿Y si fuera tu casa?

https://whatsapp.com/channel/0029VaSiBVlADTOODozrD82e

0 comments on “¿Y si fuera tu casa?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *